“En
el niño vive el hombre futuro”, William Wordsworth
Las experiencias que un niño vivencia influyen en el modo en que
actuará como adulto. Las palabras de W. Wordsworth aluden, sin
embargo, a una nueva dimensión: desde el primer instante de
su vida cada ser humano responde a las impresiones que recibe en una
forma
que les es única y propia. De esta forma se diferencian las
experiencias de un niño de cualesquiera experiencias vividas
por otro.
Nuestro ser interior no esta determinado solamente por la herencia
y el entorno.
Estos factores existen de hecho, pero es el “ser interior del hombre” quien
hace uso de ellas.
El niño cobija en si la semilla del futuro. De ahí que
la tarea del educador sea crear un entorno tal que le permita desarrollar
aquella semilla que en él vive.
Uno de los más serios impedimentos educativos que plantea nuestro
tiempo es el retraimiento temprano que una y otra vez podemos observar
en el niño pequeño ante el exceso de impresiones que recibe
del mundo exterior. A veces el niño de cinco a seis años
aparece ante nosotros como si quisiera encerrarse en si mismo y retraerse
de cada experiencia. ¿Cómo se desarrolla la capacidad de
aprendizaje en sí misma, más allá de la simple
inteligencia mensurable?
¿ Se abren los sentidos hacia el mundo exterior y hacia los seres humanos
del entorno?
¿
Aplica el niño la fantasía para comprender el mundo y sus
múltiples manifestaciones inherentes? Quien ve tempranamente coartada
su capacidad de desarrollar la fantasía difícilmente podrá desarrollar
como adulto posibilidades nuevas ante una situación nueva. Por
tanto, un entorno humano debe apoyar y fortalecer la seguridad interna
del niño que crece. Gigantescos edificios, inbarcables y amenazantes,
con interminables pasillos, son quizás menos apropiados que pequeñas
estancias provisionales donde el niño puede sentirse en
un hogar.
Desde un punto de vista externo se puede considerar que la labor
del educador y formador debiera ser transmitir una determinada
cantidad de información y creara una serie de hábitos de trabajo y
aprendizaje en este ciudadano futuro. Sin embargo, se enfrenta de hecho,
a la tarea de despertar y cultivar las facultades latentes en el niño
mediante las actividades que se realizan diariamente en el aula escolar
o en el hogar. El niño en proceso de crecimiento vive todavía
en dependencia de la humanidad que muestra el adulto. Con el inicio
de la pubertad esta dependencia se extingue lentamente.
En esta aparece la capacidad de destruir las leyes de la naturaleza
y comprender éstas a través del pensamiento. Y con ello se
plantea una cuestión fundamental. Lo importante no es “qué” conoce
el adulto, sino “cómo” conoce. Debe existir una conciencia
tácita sobre la concurrencia pareja del conocimiento y la responsabilidad.
Cada nuevo paso en el camino del conocimiento o la experiencia no comporta
solamente un aumento de poder o de eficiencia; la comprensión
creciente y la responsabilidad progresiva sobre un mundo visto globalmente
deben confluir de manera gradual. Este despertar de la conciencia nace
el niño a través de su convivencia con el adulto, un adulto
que debe cuestionarse continuamente su propia responsabilidad como hombre
que actúa y enseña.
Desde esta convivencia despierta la capacidad posterior de participar
en la sociedad humana de un forma responsable, así como la facultad
de comprender cuáles son las consecuencias y efectos de
nuestros actos individuales en el entorno.
Después de la pubertad las cualidades de eficiencia en el trabajo,
profesionalismo y competencia intelectual o manual tienen una influencia
predominante en el despertar de las facultades que aún se encuentran
dormidas en el joven. Durante este período de formación
profesional o educación superior el trabajo realizado no será juzgado
meramente en función de resultados mensurables, aunque este aspecto
jugará un papel importante. La cuestión fundamental es
como se pueden hacer emerger en este punto, a través de una determinada
actividad, capacidades ya maduras, y cómo éstas comienzan
a manifestarse. En su edad madura el hombre podrá confiar en su
propio juicio, en su propia conciencia de la responsabilidad que soporta
en función de sus propios actos. A esto se le puede llamar libertad.
Todo conocimiento implica una responsabilidad, y éste puede ser
compartido con las generaciones futuras que lo harán suyo propio.
De esta forma se puede crear una verdadera fraternidad que implica además,
la consecución de las metas de otros seres humanos a través
de aquellos conocimientos y experiencias que nosotros hemos tenido
oportunidad de obtener de la vida.
“
En el niño vive el hombre futuro”: En el niño existe
una enorme riqueza en facultades futuras. Para poder desarrollar éstas
se hace preciso un cuidado desinteresado por parte del adulto, del educador.
Su labor consiste en eliminar, en la medida de lo posible, los obstáculos
que pueden impedir el desarrollo de aquellos dones que el niño
ofrecerá al mundo.
Pero también es su responsabilidad descubrir deficiencias
inherentes y contemplarlas como oportunidades para desarrollar
nuevas fuerzas en
el escolar.
La sociedad del futuro requiere, ante todo, la capacidad de aprender
desde la propia experiencia, desarrollar nuevas fuerzas a partir
de los errores, superar las limitaciones que aparecen grabadas
en nosotros
desde
la más temprana infancia. La fuerza para lograr todo ello se encuentra
en el espacio interior más íntimo de cada hombre, en “El
Hombre en el interior del hombre”, el ser invisible, que nunca
puede ser objeto de educación. El ser humano debe poder
conservar y fortalecer la capacidad de educarse desde su propio
ser interior, debe
ser capaz de autoeducarse. Magda Meier
“La filosofía de Steiner está desarrollada tan concienzudamente
que incluso la disposición de las aulas y el material utilizado
por los niños es tal que, además de poder apoyar y
fomentar el desarrollo de éstos, puede velar por un cuidado
del medio ambiente en su vida posterior.
Lo que ofrece es un método pedagógico único que – en
palabras de su fundador Rudolf Steiner- está estructurado de tal
modo que puede educar a personas libres capacitándolas para dar
una orientación y una meta a su vida.”
Lorna Blackie. The Scotsman