Una educación terapéutica
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La Pedagogía Waldorf no solamente se aplica a la educación
de niños sanos, sino también a la enseñanza de
discapacitados. Un encuentro con un discapacitado impresiona profundamente: ¿qué sentido
tiene vivir una vida así? Cada ser humano pude percibir en si
mismo parcialidades e incapacidades que aparecen como circunstancias
difíciles en nuestras vidas. Tales imperfecciones nos llevan
a realizar importantes esfuerzos, a veces, hasta sentir el desamparo.
La fuerza anímica de superación que somos capaces de
desarrollar es mucho más duradera que el obstáculo a
ser superado. Visto de esta forma, cada biografía individual,
a través de la cual tiene lugar el desarrollo personal, está lleno
de sentido.
Las fuerzas con la que se soportan o se superan estas dificultades
son de cualidad anímica. Cuando el desarrollo personal se produce
bajo un difícil destino, la pedagogía curativa debe concentrar
sus esfuerzos en reconstruir y cultivar estas fuerzas anímicas.
El compromiso universal de la Pedagogía Waldorf para con los
discapacitados sólo puede explicarse desde la convicción
espiritual de que en la vida de cada deficiente existe un profundo
sentido.

Las personas con una denominada deficiencia psíquica nos llaman
la atención. Sea por su aspecto o por su comportamiento: algo
es diferente en ellos frente al común de la sociedad. Ese “ser
diferente” puede hacer sentirse intranquila a una persona no
confrontada con este aspecto del ser humano, lo que les lleva a interesarse
especialmente por este tipo de personas, o bien a rechazarlos. En diferentes épocas
se ha reaccionado de forma distinta ante este intranquilizador desafío:
desde su abandono en regiones montañosas inhóspitas,
en islas o a bordo de “barcos de locos”, hasta el distanciamiento
a través de una clasificación objetiva y científica
de cuadros clínicos que regulan el encuentro con el individuo.
Desde hace algunos años se realizan progresivos esfuerzos por
superar esta distancia mediante su integración en la sociedad.
Y con ello aparece el problema: la normalización no es posible
en cualquier caso ni siempre tiene sentido. La pregunta abierta hoy
día es la siguiente: ¿Es posible una integración,
una convivencia entre personas deficientes y no deficientes, reconociendo
las especiales circunstancias vitales, posibilidades y límites
de cada individuo? ¿Existe también la integración
a través de la individualización?
Rudolf Steiner dio en 1924 un impulso, todavía adecuado a nuestro
tiempo e incluso con validez en el futuro, en tanto que acuñaba
el término “niños necesitados de cuidados anímicos”.
Poco a poco se supera una contemplación en defecto que indica
lo que el afectado “no puede”, y ello en
a favor de un concepto que expone claramente lo que este ser
humano precisa: el cuidado anímico.
Con ello no se trata de pasar por alto, de forma ilusoria, la
deficiencia existente, sino que la intuición terapéutica se hace posible precisamente
a través de una consideración interesada y llena de amor de los
síntomas (diagnosis) que presentan estos seres humanos.
Un hecho que puede ser experimentado una y otra vez es que aún en el caso
de graves deficiencias no es el núcleo espiritual del ser humano el que
se halla afectado, sucede sin embargo, que el cuerpo físico que esa individualidad
tiene a su disposición como instrumento no le permite comunicarse y participar
de una forma normal y armónica en su entorno. La tarea fundamental de
la pedagogía curativa antroposófica es trabajar conjuntamente con
el ser humano necesitado de cuidados anímicos, a modo de diálogo
interno, sobre la superación – al menos parcial – de
sus deficiencias.
El reconocimiento de la salud como un equilibrio corporal-anímico-espiritual,
que siempre ha de ser restablecido nuevamente, hace comprensible la cercanía
entre la pedagogía curativa y la medicina, relación que en principio
puede parecer inusual. De forma complementaría se reconoce cada vez más
claramente el valor profiláctico de una pedagogía orientada en
función del desarrollo del individuo.
La pedagogía curativa y la terapia social se practican hoy día,
según la base mencionada, en más de 320 instituciones en 24 países.
Un especial valor tiene en este punto la colaboración terapéutica
entre los pedagogos, los niños y los padres. Desde la dedicación
aportada en la familia, la escuela y las numerosas terapias individuales, la
sociedad se conforma conscientemente como un medio terapéutico, de forma
que, a través de los ritmos del día, la semana y el año,
pueda actuar de forma estabilizadora sobre un individuo que con frecuencia tiene
enormes dificultades para orientarse en el tiempo y el espacio. Los niños
necesitados de cuidados anímicos se muestran especialmente abiertos ante
este arte pedagógico, que sí mismo puede convertirse en una pedagogía
curativa. Sin embargo, a través de un método dirigido unilateralmente
a las capacidades cognoscitivas, cada niño experimenta una y otra
vez aquello que no sabe hacer,
Elementos como la música, los relatos, las fiestas y celebraciones en
conjunto contribuyen a crear una comunidad en cuyo seno el individuo puede asimilar
y experimentar mejor, tanto cualitativa como cuantitativamente. Ello crea el
necesario equilibrio con las medidas terapéuticas individuales. El trabajo
en el taller tiene un carácter terapéutico y es , al mismo tiempo
para muchos jóvenes, una preparación para una futura actividad
profesional. Johannes Denger
Bibliografía:
Johannes Denger (Hrsg.), Plädoyer Für das Leben mongoloider Kinder.
Down-Syndrom und pränatale Diagnostik, Stuttgart 1990
Rüder Grimm, Die therapeutische Gemeinschaft in der Heilpädagogik.
Zusammenwirken von Eltern und Heilpädagogen, Stuttgart 1991
Walter Holtzapfel, Seelenpflege-bedüftige Kinder. Zur Heipädagogik
Rudofl Steiner, Bd. 1,4 ed. Dornach 1990 und Bd. 2,2 erw. Ed. Dornach
1986
Hans Müller-wiedermann, Mignon: Der Künstlerisch-therapeutische Auftrag
der Heilpádagogik, Aufsätze und Kommentare hrsg. Von R. Grimm,
stuttgart 1994
Dieter Schulz, Frühförderung in der Heilpädagogik. Erfahrungen
mit der Betreuung Seelenpflege-bedürftiger Kleinkinder, Stuttgart
1991
Thomas Weihs, Das entwicklungsgestörte Kin. Heilpädagogische
Erfahrungen in den Camphill-Gemeinschaften, Stuttgart 1991
“Es un gran placer para mí poder expresar un par
de opiniones sobre
la educación Waldorf. … La visita de mi hijo al High Mowing Waldorf
School ha producido un éxito notorio. El cuerpo docente, notablemente
comprometido, ha sido capaz, en tres años, de dirigir todas sus aspiraciones
hacia el progreso espiritual y la responsabilidad humana. Pienso que lo hace
que el High Mowing sea tan particular es una atmósfera especial. La escuela
consigue de los jóvenes sus mejores cualidades. Esto no ocurre de la noche
a la mañana, pero los valores que les son transmitidos en su trato continuo
con los profesores les proporcionan unos cimientos sobre los que edificar durante
toda su vida. Estoy profundamente agradecido por todo aquello que la sociedad
High Mowing ha ofrecido a mi hijo en cuanto a paciencia, comprensión,
interés y compromiso. En resumen, sólo puedo decir: este sistema
funciona”.
Gilbert M. Grosvenor, Presidente de la National Geographic
Society
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