Una
educación comprometida con las tradiciones
espirituales,
morales y
culturales de la humanidad
Los sentimientos juegan un papel importante en nuestra vida, p.ej.
la reverencia, la devoción, la compasión, la confianza, pero también la
capacidad de experimentar la belleza. El hombre puede diferenciar entre lo bueno
y lo malo y puede desarrollar aquellas metas que se ha propuesto. Precisamente
a través de dichas capacidades se pone de manifiesto la personalidad humana.
Antiguamente los niños aprendían estos aspectos de la vida humana
a través de la religión y la cultura tradicional de su entorno.
Hoy somos testigos de cómo, casi en cualquier lugar del mundo, se produce
el derrumbamiento de las relaciones y valores tradicionales. Ahora, más
que nunca, la educación ha de cultivar conscientemente el desarrollo de
estas capacidades primordiales del Hombre.
Existen contados momentos en la vida en los que el hombre se siente
impresionado por algo superior a él. En la contemplación del alba o la puesta
del sol, en el nacimiento de un niño, cuando se adentra en una catedral
o durante el encuentro con un hombre colmado de sabiduría. Estos momentos
se diluyen con frecuencia en el torrente de la vida cotidiana, pero cuando volvemos
la vista atrás los contemplamos como acontecimientos felices.
Los sentimientos que en tales momentos nos inundan poseen una cualidad
especial. Son sentimientos de admiración, de respeto profundo ó de reverencia
que nos abren la puerta hacia aquello que el hombre percibe como divino. En el
transcurso de la vida estos sentimientos se transforman construyendo la base
de la capacidad de juicio. El cultivo de tales sentimientos jugaba un papel central
en aquellas sociedades tradicionales. A partir de ellos nacieron los movimientos
religiosos, que aún hoy conocemos. De una forma aún inconsciente
se reconocía que cultivar esos sentimientos tenía un sentido
profundo para el desarrollo humano.
El cultivo del ámbito religioso ha de encontrar un nuevo cauce en esta
nuestra época de expansión de nuestra civilización moderna,
predominantemente occidental, que hunde sus raíces en la ciencia
materialista.
En la educación Waldorf se cuidan desde la más temprana infancia
los sentimientos de admiración, de respeto profundo y veneración.
El niño aprende a percibirse como una parte del universo, en el cual actúa
la mano del Creador. Aunque la Pedagogía Waldorf no es una educación
religiosa, en el sentido de impartir una enseñanza basada en la concepción
del mundo de una determinada Iglesia, Rudolf Steiner veía en el cultivo
del sentimiento infantil de admiración la base para una relación
religiosa libre del hombre en desarrollo con el mundo. Es por ello que en las
Escuelas Waldorf, aunque éstas no se hallan directamente relacionadas
con una comunidad religiosa institutocionalizada, se aspira a desarrollar la
devoción a lo divino.
Heinz Zimmermann/Jon McAlice
“Las ideas heterodoxas de Rudolf Steiner se enjuician
de modo controvertido en el pensamiento actual, pero, con tanto
stress en la vida moderna, el desarrollo emocional de los niños
es tan importante como cualquier otro aspecto.”
Steve Smith, The Observer
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